Nuestra Historia

No Fue un Plan, Fue un Llamado

La Historia Viva de la Mision

Nuestra Historia

La historia de La Misión comienza mucho antes de tener un nombre.

Comienza con dos jóvenes, muchas canciones y un anhelo profundo de vivir la fe de manera auténtica.

En 1997, en el pueblo de Escazú, Costa Rica, Héctor Soto y Daniel Montoya se conocieron en una iglesia cristiana. Ambos eran músicos, ambos buscaban un rumbo, y ambos entendían la música como una forma sincera de adoración. Junto a otros músicos formaron parte de una banda grande dentro de la iglesia, un grupo numeroso lleno de entusiasmo y creatividad.

Desde el inicio, el sueño era grande: llevar la música cristiana más allá de un solo lugar, compartir las canciones que nacían del corazón y permitir que la fe viajara.

En el año 2000, un domingo por la tarde, se convocó a toda la banda para comenzar a planear ese sueño. Diecisiete personas fueron invitadas.

Solo llegaron dos.

Lejos de desanimarse, ese momento se convirtió en una confirmación. Héctor y Daniel comenzaron a planear juntos un viaje misionero a Norteamérica. La iglesia no apoyó la decisión; más bien les dijo que no estaban listos. Tal vez tenían razón. Pero aun así, decidieron confiar y dar el paso.

En enero de 2002, viajaron a Canadá, donde permanecieron casi un año. Fue un tiempo exigente: el frío, el idioma y la distancia pusieron a prueba su fe. Pero también fue una de las etapas más hermosas de su juventud. Llevaron su música a muchas iglesias, conocieron personas extraordinarias y confirmaron que el llamado era real.

Mientras estaban en Canadá, ambos sintieron con claridad que era tiempo de volver a Costa Rica, no para regresar al mismo ministerio ni al mismo lugar, sino para comenzar algo nuevo. Recordaron entonces Turrialba, un pueblo que conocían desde antes y donde sabían que había necesidad y espacio para servir.

Aún en Canadá comenzaron a recolectar juguetes con la idea de llevar alegría a niños en Costa Rica. A finales de 2002, regresaron con el corazón lleno de esperanza y seis hockey bags llenas de juguetes.

Buscaron una casa grande para comenzar el ministerio y encontraron una casa vieja y hermosa en el corazón de Tuis, un pequeño distrito que casi nadie conocía. Se enamoraron del lugar casi de inmediato. Sin saberlo, habían encontrado su hogar.

En Tuis comenzaron a tocar música, enseñar la Biblia y compartir los juguetes. Abrieron una reunión todos los jueves y, poco a poco, la gente comenzó a llegar. No sabían que estaban plantando una comunidad; simplemente estaban viviendo su fe.

En 2004, con el deseo de dar estructura y respaldo al trabajo que estaba creciendo, se creó en Costa Rica la identidad legal bajo el nombre de Voz Costa Rica, estableciendo una base formal para el ministerio.

Los recursos seguían siendo limitados y era necesario trabajar. En 2006, nació la academia cristiana de español, recibiendo principalmente estudiantes extranjeros. La escuela se convirtió en un puente cultural, un sustento para la vida diaria y una forma concreta de sostener la misión.

En 2007, gracias a la ayuda de amigos cercanos y grandes colaboradores de La Misión, Herb y Beverly Liberman, se logró formar una junta directiva y establecer una organización nonprofit en los Estados Unidos bajo el nombre de Mission Voz Que Clama. Esta entidad permitió ampliar el alcance del ministerio y fortalecer su sostenibilidad.

Ambas entidades legales, tanto en Costa Rica como en los Estados Unidos, continúan funcionando hasta el día de hoy para cubrir, apoyar y dar respaldo al trabajo de La Misión.

Con el tiempo, el hogar comenzó a llenarse de personas muy distintas: costarricenses, estadounidenses, europeos, y comunidades indígenas Cabécar. Personas de todos los caminos, buscando pertenecer, crecer y caminar juntas. A ese hogar lo llamaron Misión Voz Que Clama.

Nunca hubo un pastor formal. La enseñanza, la música, el servicio y la vida diaria se compartían de manera sencilla y comunitaria. La misión crecía no por estrategia, sino por relaciones reales.

En 2012, nació un nuevo proyecto: el café. Esta iniciativa abrió puertas en la comunidad local, generó trabajo digno y permitió que la misión echara raíces más profundas en la región. La escuela y el café hicieron posible permanecer en Tuis por más de veinte años.

Durante más de 15 años, La Misión caminó junto a la comunidad indígena Cabécar, entrando a la reserva varias veces al año. Se construyeron escuelas y acueductos, se compartió la fe, la vida y largas caminatas para acompañar y servir. En el 2020, debido a la pandemia y a situaciones de salud, este ministerio tuvo que detenerse, aunque el amor y la relación permanecen hasta hoy.

Con el paso del tiempo, la comunidad comenzó a llamar al lugar simplemente “La Misión”. Y así se quedó.

Hoy, La Misión sigue siendo lo que siempre ha sido:

una comunidad cristiana que busca vivir su fe con honestidad, abrir sus puertas, compartir la vida y confiar en Dios.

No todo ha sido fácil.

Pero todo ha sido real.

Y la historia continúa.